LEJOS DE LA EFICACIA EN PREVENCIÓN DE RIESGOS LABORALES

Aunque todo el mundo conoce el dicho de que “es mejor prevenir que curar”, en la mayoría de las ocasiones queda ahí, en un dicho, porque es muy difícil llegar a conocer que gracias a “esa medida preventiva” se evitó… Se conoce sin embargo el accidente y en ese momento se induce la conveniencia de haber prevenido, pero ya es tarde, al menos para ese accidente.

En realidad en Prevención de Riesgos Laborales, como en cualquier otra actividad que realiza el hombre, para hacerlo de manera correcta se requiere voluntad, conocimiento y acción. Nada menos que tres factores complejos de simultanear, que necesitan procesos de tiempo habitualmente largos, y en este caso concreto de la Prevención basados en el anticipo de potenciales desgracias futuras.

Sin duda el primero, la voluntad, es el cimiento fundamental del que va a partir el grado de implicación y seriedad con que se afronta el resto del proceso. Es el motor real de cualquier decisión. Desgraciadamente es muy sutil, intangible y relativa. Se activa a través de expectativas, intuición y experiencia, que en el mundo de la Prevención de Riesgos Laborales no son evidentes. Por esta razón no ha sido habitual la implantación de medidas preventivas en las empresas, más allá de las más obvias en sectores con “riesgo”. Sin embargo y dada la real importancia de los accidentes de trabajo, la legislación interviene y obliga a implantar un sistema de gestión, de entre los que la Ley establece como adecuados. Esta obligación de hecho pretende intervenir en la voluntad del decisor, de manera tal que si él mismo no tiene suficiente sensibilidad al riesgo, se encuentre obligado por la Ley.

Sin duda no es lo mismo desarrollar un sistema de gestión preventiva integrado en toda la actividad de la empresa por “obligación” que por convencimiento. En el primer caso, como de alguna manera está ocurriendo, tiene un enfoque de “mínimos”, en el segundo de “óptimos”.

Al convencimiento se llega a través de un “sistema de valoración” que todos tenemos, basado en la intuición y la experiencia. En el fondo la segunda influye en la primera. Desgraciadamente para muchas actividades humanas este método de valoración es inadecuado y genera importantes desaciertos, tal es el caso de la Prevención de Riesgos Laborales.

Normalmente a través de nuestras experiencias propias vividas, en nuestra persona o en nuestra inmediatez, estimamos la probabilidad y la severidad de los riesgos a que nos exponemos en nuestras actividades. Este método de valoración basado en nuestra experiencia, induce al error que se cuela por al menos dos asunciones implicadas:

primera, en que muchísimos riesgos del ámbito laboral, no son experimentados durante toda la vida y si lo fueran no darían una segunda oportunidad (aproximadamente el 0,9% de los trabajadores experimenta un accidente grave o mortal durante su vida laboral); y segunda, la persona que valora el riesgo puede, con facilidad, llegar a apreciar insuficientemente la categoría del mismo.

Es por ello que la intuición es insuficiente y que la base de experiencia utilizada para valorar riesgos ha de ser de varias generaciones. Como todo fondo del conocimiento humano, la gestión preventiva también necesita evolucionar, y pasar de aplicar experiencias personales a utilizar la experiencia de terceros. En este camino está la sociedad y los profesionales de la prevención.

El siguiente requisito tras la voluntad, es el conocimiento. Lógicamente no basta con querer implantar un sistema de gestión preventiva, hay que saber hacerlo y además ha de saberse identificar los riesgos, valorando con la mayor objetividad la categoría de cada uno, para seleccionar y planificar las medidas requeridas. Dada la complejidad de estas disciplinas y la importancia de llevarlo a cabo correctamente, sin duda debe ser realizado con profesionales de la materia.

Errar en esta fase es casi tanto como no hacer nada, incluso puede ser peor, al crear una sensación de haber hecho los deberes y generar confianza, quedándonos sin capacidad de reacción cuando la tozuda realidad se imponga. En esta materia no cabe la mediocridad. Un accidente es muy serio, y cuando sucede, todos, sin excepción, hubiéramos querido haber sido más diligentes y previsores. El desconocimiento es atrevido y abunda.

Cabe por último mencionar la importancia de la ejecución, entendida como la implantación del sistema de gestión preventiva, que por cierto debe ser permanente, de mejora continua. De nada valdría cualquier acto de previsión o prevención, si no se llevan a cabo las medidas y acciones que del mismo se pongan de manifiesto.

Conocedores de la tendencia innata que tenemos a creer un asunto resuelto tras la toma de una medida, y olvidarnos de él, especialmente cuando no es el foco principal de la actividad, tal como pasa con la Prevención de Riesgos Laborales, se debe considerar la ejecución de la implantación como inicio de perpetuidad, haciendo el esfuerzo de considerar habitual en toda actividad empresarial la Prevención. A través de este proceso de habituación se integra, en mayúsculas, la verdadera cultura preventiva.

Ciertamente estamos muy lejos de la eficacia preventiva, y aunque algunas empresas han comenzado el proceso, en la gran mayoría aún falta lo básico, la voluntad, pero no todo es negativo, el camino ha empezado, simplemente debemos comprender la importancia de la Prevención de Riesgos Laborales y con la voluntad del “querer”, implantarla, formarnos o asesorarnos por expertos y ejecutar las medidas que los planes establezcan.